El sonido de los violines que interpretaban una marcha nupcial ligera se extinguió de golpe. En el jardín de la hacienda, iluminado por hileras de luces cálidas y decorado con toneladas de flores importadas, el aire se volvió pesado. Mateo sostenía la pantalla de su teléfono con las manos temblorosas, leyendo una y otra vez la notificación del sistema bancario corporativo: «Operación revocada. Fondos bloqueados por orden de la entidad ordenante». El pánico le oprimió el pecho, haciéndole perder el aliento.
A su lado, su hermana Sofía lucía el anillo de diamantes en la mano izquierda con una sonrisa autosuficiente, acariciando la gema como si ya fuera la dueña indiscutible del destino de todos.
—¿Qué pasa, Mateo? —murmuró Sofía, al notar la palidez extrema de su hermano—. Pon la cara de ganador. La prensa está al fondo fotografiando todo.
Mateo no pudo responder. Alzó la cabeza hacia Camila, su exfiel prometida, quien acababa de guardar su teléfono en el escote del vestido de novia. Ya no había lágrimas en las mejillas de la joven. Tampoco había el rastro de la timidez con la que siempre había soportado las burlas veladas sobre su origen provinciano y su desapego por las marcas de lujo.
—Camila… —alcanzó a pronunciar Mateo, dando un paso tambaleante hacia ella—. Dile a tu padre que detenga esto. Debe ser un error del sistema transaccional del banco.
—No hay ningún error, Mateo —respondió Camila, acomodándose el velo con una parsimonia helada—. El único error fue haber creído que la falta de ambición de mi familia era sinónimo de ingenuidad.
Desde el primer sillón de la zona reservada para los familiares más cercanos, se puso de pie un hombre de cabello cano y postura imponente. Era el don Alberto, el padre de Camila. Vestía un traje sastre oscuro sin ostentaciones, pero su presencia imponía un respeto inmediato en toda la concurrencia. A un gesto de su mano, tres hombres en trajes ejecutivos que lo acompañaban sacaron carpetas de piel negra y se dirigieron al estrado donde se encontraban los novios y el juez de paz.
—Buenas tardes a todos —dijo el señor Alberto con una voz profunda que resonó por todo el jardín—. Lamento interrumpir la comedia que este par de jóvenes pretendía montar a expensa del nombre de mi familia.
Sofía dio un paso al frente, alzando la barbilla con insolencia. —Señor Alberto, con todo respeto, esto es un asunto personal entre Mateo, Camila y yo. Su hija no estaba a la altura del estatus social que exige nuestra familia para los eventos de la alta sociedad. Ella no sabe desempeñarse en este mundo.
El padre de Camila la miró con una mezcla de lástima y desprecio antes de soltar una risa breve.
—¿Estatus social, jovencita? —preguntó el anciano—. Tu familia lleva tres años viviendo de apariencias, refinanciando hipotecas sobre su mansión y emitiendo cheques sin fondo para sostener una vida de lujos en Europa. La inyección de cincuenta millones de dólares que Camila autorizó hace seis meses no era una donación de bodas: era un préstamo de salvamento corporativo para evitar que el conglomerado de tu padre fuera intervenido por las autoridades financieras por insolvencia fraudulenta.
Un murmullo estupefacto recorrió a los cien invitados presentes. Las damas de honor ahogaron ahogaron gritos de sorpresa y los socios comerciales de Mateo intercambiaron miradas de pánico.
—¡Eso no es verdad! —gritó Mateo, encarando al señor Alberto—. ¡Nuestra empresa tiene proyectos de infraestructura inmobiliaria por toda la capital!
Uno de los ejecutivos que acompañaba al padre de Camila dio un paso al frente y abrió una de las carpetas.
—Señor Mateo —dijo el auditor en voz alta—, los terrenos donde planeaban construir las torres de cristal no pertenecen a su familia. La opción de compra venció ayer a medianoche. La empresa que adquirió la totalidad de los títulos de propiedad, así como las deudas hipotecarias de sus oficinas centrales, es Inversiones Altamira, propiedad única y exclusiva de la señorita Camila.
Mateo sintió que las piernas le fallaban. Miró a Camila como si la estuviera viendo por primera vez. Durante los dos años de noviazgo, ella siempre se había mostrado reservada, prefiriendo pasar el tiempo en los proyectos comunitarios y en las oficinas de diseño de la empresa de su padre, mientras Sofía y Mateo gastaban fortuna en fiestas privadas y viajes internacionales.
—Tú… tú sabías esto —susurró Mateo, sintiendo que el suelo se le hundía bajo los pies.
—Yo diseñé la estrategia financiera de la adquisición, Mateo —dijo Camila con serenidad, dando un paso adelante—. Mientras tú estabas en París con Sofía usando las tarjetas de crédito de la empresa para impresionar a tus amigos, yo estaba cerrando la compra de las carteras vencidas de tu familia. Mi padre no tuvo que mover un solo dedo. Fui yo quien decidió darte una última oportunidad para ver si detrás de tu arrogancia quedaba un hombre con un mínimo de lealtad.
Sofía miró la joya en su dedo, cuya piedra de brillante ahora parecía pesarle como plomo. —¿Y qué vas a hacer ahora? —intervino Sofía, con la voz quebrada pero llena de veneno—. ¿Vas a dejarnos en la calle solo por un ataque de celos?
—No es celo, Sofía. Es un ajuste de cuentas comercial —respondió Camila—. El regalo de bodas que te acaba de dar tu hermano viene con una responsabilidad solidaria. Al haber firmado el documento de aceptación de activos frente al juez hace un minuto, acabas de asumir de forma personal el diez por ciento de la deuda garantizada del grupo inmobiliario.
Sofía miró horrorizada al juez de paz, quien asintió en silencio con una expresión de gravedad absoluta.
El teléfono de Mateo comenzó a sonar ruidosamente. La pantalla mostraba las llamadas entrantes de los principales acreedores, miembros de la junta directiva y representantes del banco central. Al no responder, las notificaciones de mensajes empezaron a acumularse una tras otra: órdenes de embargo preventivo, cancelación de líneas de crédito corporativas y la convocatoria a una junta extraordinaria para destituirlo de su cargo de director ejecutivo antes de que terminara el día.
Camila se llevó las manos a la nuca, desenganchó la tiara de diamantes que sostenía su peinado y la colocó sobre la mesa del altar, justo al lado del libro de actas que había quedado firmado a medias.
—Se pueden quedar con la fiesta, con las flores y con el banquete —dijo Camila, mirando fijamente a Mateo y a Sofía—. Todo está pagado a mi nombre. Les sugiero que aprovechen las próximas dos horas para disfrutar del lujo, porque a partir de las seis de la tarde, la guardia privada de mi corporación tomará posesión de esta hacienda y de todos los bienes inmuebles que solían pertenecer a su apellido.
Sin mirar atrás, Camila le ofreció el brazo a su padre. Ambos caminaron con paso firme por el pasillo central, flanqueados por sus asesores legales. Los invitados abrieron paso en absoluto silencio, alejándose instintivamente de Mateo y Sofía, quienes quedaron aislados en el centro del escenario como dos figuras de cera bajo el sol radiante.
Al llegar a las puertas de la hacienda, el chofer abrió la puerta del automóvil convertible negro que aguardaba con el motor encendido. Camila subió al asiento del copiloto, se quitó los guantes de seda blanca y los lanzó al cesto de basura de la entrada.