El estruendo del cristal al romperse retumbó en las paredes de piedra del Gran Salón del Trono. Los guardias reales yacían esparcidos sobre los peldaños de mármol, sus armaduras marcadas por picos de hielo y cuarzo que brotaron violentamente desde las baldosas bajo el impulso de la joven. El rey, pálido y tembloroso en su sitial de roble, apretaba con rabia el cetro de oro mientras observaba a la antigua sirvienta.
Los ojos de la muchacha aún despedían ese resplandor blanco e iridiscente que infundía terror a la corte. Su vestido, tallado en facetas perfectas como un diamante prismsático, reflejaba las velas del candelabro central en mil destellos agudos.
—¡Maldecida seas, Astrid! —rugió el monarca, alzándose bruscamente del trono—. ¡El reino de Oakhaven no caerá ante una criada que juega con magia prohibida!
Astrid no pronunció una sola palabra. La lágrima que había rodado por su mejilla se había petrificado a mitad de camino, convirtiéndose en un pequeño grano de cuarzo transparente. En su mente resonaba la advertencia que la vieja curandera le había susurrado en las mazmorras antes de su escape: «Ese vestido es una llave. No toques la costura dorada».
A lo largo del corsé de cristal, justo en el costado izquierdo, una delgadísima línea de hilo trenzado en oro puro descendía desde la axila hasta la cadera. Era el único elemento orgánico en toda esa coraza prismática.
De pronto, un sonido metálico resonó al fondo de la galería superior. Un grupo de arqueros de élite apareció tras los arcos góticos, ajustando flechas de punta pesada en las cuerdas tensadas.
—¡Fuego! —ordenó el rey sin dudar.
Una lluvia de proyectiles descendió desde las alturas. Astrid cruzó los brazos frente a su rostro y una barrera de esquirlas transparentes emergió del suelo, desviando las flechas en un estallido de chispas y ruidos sordos. Sin embargo, una de las puntas metálicas rozó levemente el costado izquierdo de su vestido, cortando apenas dos milímetros del hilo de oro de la costura.
En ese instante, un destello carmesí recorrió las facetas de cuarzo de la vestimenta.
Astrid sintió un dolor punzante en el pecho, como si miles de agujas de hielo atravesaran su piel hacia los órganos internos. El vestido no era simplemente una armadura mágica; era un mecanismo vivo que consumía la energía de su portadora para mantener el encantamiento de transformación. Si la costura dorada se rompía por completo, la estructura de cristal se cerraría sobre ella permanentemente, convirtiéndola en una estatua inerte.
El rey, al notar la vacilación en los pasos de la joven y la forma en que se llevaba la mano al costado, lanzó una risa despectiva.
—¿Creíste que el poder de la corona era fácil de usurpar? —dijo el rey, avanzando por los peldaños con una daga de empuñadura de rubí en la mano—. Ese vestido fue diseñado por los alquimistas reales para aprisionar al Gran Archimago hace un siglo. Al ponértelo, sellaste tu propia condena.
Astrid apretó los dientes. El dolor en sus costillas se volvía insuficiente a medida que el cristal comenzaba a expandirse hacia su garganta, endureciendo el cuello de encaje rígido. Sabía que le quedaban pocos minutos antes de que el hechizo devorara su voluntad.
Miró alrededor del salón. Los nobles, aterrados, se agolpaban contra las salidas principales, pero los portones de roble estaban bloqueados por gruesos bloques de hielo que ella misma había levantado durante la confrontación inicial.
—No vine a usurpar tu trono —habló Astrid por primera vez, con una voz profunda que hizo retumbar los vidrios de los ventanales de la catedral—. Vine a recuperar la Reliquia de la Luna que le robaste a mi pueblo.
El rey se detuvo a tres pasos de ella, alzando la daga.
—La reliquia está a salvo en la Cripta de los Reyes —dijo el monarca con frialdad—. Y tú jamás llegarás a verla.
Astrid no intentó esquivar el ataque del rey. En lugar de eso, extendió la mano derecha hacia el enorme tragaluz del techo de la sala. Concentró la última chispa de luz de sus ojos hacia la cúpula. Los cristales del tragaluz estallaron hacia adentro, dejando caer una lluvia de vidrio sobre la moqueta roja del altar.
La luz de la luna llena de medianoche penetró de golpe en el salón, cayendo en un rayo vertical perfecto sobre la tiara que Astrid llevaba en la cabeza.
Al entrar en contacto con la luz astral, el vestido de cuarzo reaccionó con una vibración ensordecedora. La energía lumínica se canalizó a través de las facetas reflectantes del traje, actuando como un prisma gigante. Un haz de luz blanca y pura salió disparado desde el corsé de Astrid, impactando directamente contra el suelo del trono.
El suelo de piedra se resquebrajó al instante, cediendo hacia un pozo profundo bajo la estructura de la fortaleza. El estruendo de la mampostería al colapsar resonó en todo el castillo.
El rey perdió el equilibrio y cayó de espaldas, dejando caer la daga al abismo que acababa de abrirse a sus pies. En el fondo de la brecha, descansando sobre un pedestal de mármol negro envuelto en cadenas, brillaba una esfera de plata pura: la Reliquia de la Luna.
Astrid dio un paso hacia el borde del abismo, pero el hilo de oro de su costado comenzó a deshilacharse más rápido. El cristal de su hombro izquierdo ya se había fusionado con su piel, tornando la carne del color del cuarzo pulido.
—Si no detengo el cierre de la costura ahora… —murmuró ella para sí misma, sintiendo que sus pulpejos perdían sensibilidad.
Con las fuerzas que le quedaban, Astrid metió los dedos de la mano derecha debajo de la costura abierta del vestido. A pesar del ardor incalculable, jaló el hilo dorado con firmeza, invirtiendo la dirección de la trenza para volver a anudarla sobre el borde del traje.
Un destello azul cubrió la sala por completo.
La expansión del cristal se detuvo en seco. El dolor en su pecho cesó gradualmente, aunque su hombro permaneció petrificado como un recordatorio permanente de la fragilidad del encantamiento.
Astrid miró hacia abajo, donde el rey intentaba arrastrarse para salir de la fosa. La joven descendió por la brecha utilizando una rampa de hielo que brotó de su propia mano. Rompió las cadenas que sujetaban la esfera de plata con un solo golpe de su palma acorazada y tomó la reliquia entre sus manos.
Al contacto con la esfera, el resplandor de sus ojos volvió a sereno. El vestido de cristal se fragmentó en mil copos luminosos que se disiparon en el aire, dejándola vistiendo nuevamente una túnica sencilla, pero sosteniendo con firmeza el artefacto que devolvería la prosperidad a su tierra.
Astrid caminó hacia la salida del Gran Salón sin mirar atrás, mientras los guardias restantes y la corte real contemplaban en absoluto silencio cómo la joven desaparecía en la noche, llevando consigo el destino del reino.