El clic metálico del arma de Arturo resonó en la avenida transitada con la frialdad de una ejecución. Por un segundo, el ruido de los motores y los pasos de los transeúntes parecieron apagarse. El hombre del traje impecable sostenía la pistola con mano firme, apuntando fijamente hacia el pecho de Renata. A pocos metros, en la cajuela abierta del sedán negro, Inés permanecía atada de manos, abrazando con desesperación al pequeño Tomás.
—Baja el arma, Arturo —dijo Renata, tratando de mantener la voz firme a pesar del latido acelerado que resentía en los oídos—. La gente te está mirando. No saldrás de esta si disparas.
—Ya no me importa la gente, Renata —contestó Arturo con una sonrisa torcida, desprovista de cualquier rasgo de cordura—. Llevo diez años construyendo este imperio. No voy a dejar que una empleada de servicio y su bastardo me arruinen todo en cinco minutos por un maldito broche.
El broche de plata, con la joya azul en forma de hoja, yacía en la palma de Renata. A simple vista parecía solo una pieza de bisutería fina, un duplicado sentimental del que ella llevaba en la solapa de su saco blanco. Sin embargo, la reacción desmedida de Arturo revelaba que ocultaba algo mucho más valioso y peligroso.
A pocos metros, la puerta de una tienda de antigüedades se abrió y dos transeúntes, al percatarse de la pistola, comenzaron a gritar. Arturo vaciló por un instante, girando levemente la cabeza al escuchar el murmullo de la multitud que comenzaba a dispersarse presa del pánico.
Renata aprovechó esa mínima fracción de segundo.
En lugar de retroceder, dio un paso al frente y estampó el taconazo de su zapato contra la espinilla de Arturo. El hombre lanzó un juramento de dolor y bajó la guardia momentáneamente. Antes de que pudiera reaccionar, Renata le propinó un empujón con ambas manos hacia el interior del vehículo, haciéndolo trastabillar contra el marco de la puerta trasera.
—¡Suban al auto! —gritó Renata girándose hacia la cajuela.
Con una fuerza alimentada por el miedo puro, ayudó a Inés a salir del maletero. La mujer, debilitada y con los brazos aún amarrados con el trapo, cayó de rodillas al suelo de la acera junto a Tomás. Renata cortó el nudo con las llaves del vehículo que había logrado arrebatarle a Arturo momentos antes.
—¡Al auto de atrás! —ordenó Renata, señalando un taxi que se había detenido bruscamente en el carril contiguo ante la confusión.
Arturo se recuperó en el pavimento y levantó el arma de nuevo. Un disparo retumbó en el aire, impactando contra el cristal lateral del coche negro, que se hizo trizas en miles de fragmentos. Los peatones echaron a correr en todas direcciones entre gritos.
Renata empujó a Inés y al niño dentro del taxi. Se introdujo tras ellos y le gritó al chofer:
—¡Arranque! ¡Arranque ahora mismo!
El taxista, pálido como la cera, pisó el acelerador a fondo, dejando atrás la silueta de Arturo, quien corría desorbitado hacia ellos antes de que el tráfico lo obligara a detenerse.
El taxi cruzó tres avenidas principales antes de que alguien hablara. El sonido del motor y el murmullo de la radio eran lo único que rompía la tensión acumulada. En el asiento trasero, Inés abrazaba a Tomás como si temiera que el niño se desvaneciera.
—¿Estás bien, Inés? —preguntó Renata, pasándole un pañuelo de su bolso para que se limpiara las marcas de suciedad del rostro.
—Gracia… gracias, señora Renata —susurró Inés con la voz quebrada—. Creí que no volvería a ver la luz del sol. Él me encerró anoche. Dijo que si abría la boca sobre los estados de cuenta, me acusaría de robo y entregaría a Tomás a un orfanato.
—¿De qué estados de cuenta hablas? —indagó Renata, sacando el broche de su bolsillo.
Inés miró la pieza de plata con temor.
—Ese broche no es solo un adorno. Mi abuelo era joyero y diseñó un mecanismo de cierre falso para la familia del señor Arturo hace cincuenta años. Cuando empecé a trabajar en la oficina de contabilidad de su firma, descubrí que Arturo estaba desviando millones de dólares de la fundación de su familia hacia cuentas en el extranjero.
Inés tomó el broche de las manos de Renata. Con sus dedos temblorosos, presionó la base de la piedra azul y giró el engaste noventa grados hacia la izquierda. Un leve sonido metálico resonó en la pequeña joya. El reverso de la pieza se abrió, revelando una diminuta tarjeta de memoria MicroSD oculta en la estructura hueca.
—Ahí están las firmas digitales, las transferencias y las pruebas de cómo incriminó a su propio hermano para quedarse con el control de la empresa —explicó Inés—. Arturo descubrió que yo tenía la tarjeta ayer por la tarde. Trató de quitármela, pero logré dársela a Tomás antes de que sus hombres me atraparan. Le dije a Tomás que buscara a la mujer del broche idéntico. Sabía que usted era la única persona en la junta directiva que no estaba comprada por él.
Renata miró el pequeño pedazo de plástico. Las piezas del rompecabezas finalmente encajaban. Arturo no solo había intentado silenciar a una empleada; había orquestado una red de chantajes que mantenía bajo control a toda la corporación.
El teléfono de Renata comenzó a vibrar en su regazo. La pantalla mostraba un número desconocido.
Dudó un instante antes de responder y activar el altavoz.
—Si entregas esa tarjeta a la policía, Renata, no vivirás para ver el juicio —la voz de Arturo sonaba distorsionada por la furia a través del auricular—. Tengo a mis hombres monitoreando todas las comisarías del centro. No tienes a dónde ir.
—Cometiste un error grave al amenazarme, Arturo —respondió Renata con una frialdad absoluta—. No voy a ir a una comisaría del centro.
—¿Ah no? ¿Y qué piensas hacer? ¿Ocultarte con esa servidumbre?
—Voy camino a la sede central de la fiscalía federal —sentenció ella—. Y el fiscal a cargo es el hermano al que encarcelaste injustamente hace tres años. Él ya tiene una copia de los archivos en su correo electrónico.
Un silencio pesado se apoderó de la línea antes de que se escuchara el chasquido de la llamada cortada.
Renata miró hacia la ventana mientras el taxi se incorporaba a la rampa de acceso de la avenida principal. Tomás, cansado y acurrucado junto a su madre, apretaba con fuerza la mano de Inés.
—¿Se acabó? —preguntó la mujer con los ojos llenos de esperanza.
—Apenas empieza —contestó Renata, guardando la tarjeta en su bolso—. Pero esta vez, las leyes no jugarán a su favor.
Minutos después, la patrulla de la policía federal interceptó el vehículo de Arturo a pocas calles del distrito financiero. El hombre fue sacado del automóvil amarrado de manos, exactamente de la misma forma en que había mantenido cautiva a Inés, mientras las sirenas iluminaban la tarde nublada.
Renata observó la escena desde la entrada del edificio de la fiscalía. Ajustó el broche de plata en la solapa de su saco, tomó a Tomás de la mano y caminó junto a Inés hacia las escaleras del recinto, sabiendo que finalmente la verdad saldría a la luz.