LAS DOS DESCUBRIERON LA MISMA MENTIRA - Relatos Viral

LAS DOS DESCUBRIERON LA MISMA MENTIRA

El hombre abrió la boca para responder, pero durante unos segundos no salió ni una sola palabra. Miró a la joven que había llegado con la cajita, después miró a la mujer que todavía tenía el anillo entre los dedos. Los vehículos seguían pasando por la calle, una motocicleta aceleró en la esquina y varias personas comenzaron a prestar atención a la discusión.

—Yo puedo explicarlo —dijo finalmente el hombre.

La joven que había devuelto el regalo soltó una pequeña risa nerviosa. No era una risa de felicidad, sino de esas que salen cuando alguien escucha algo que ya no quiere creer.

—¿Explicarlo? —preguntó—. Tú me dijiste que querías casarte conmigo. Me llevaste a conocer a tu familia. Me prometiste que íbamos a vivir juntos. Hasta me dijiste que estabas ahorrando para nuestra boda.

La otra mujer levantó la mirada lentamente.

—¿Nuestra boda? —preguntó, casi en un susurro.

El hombre intentó acercarse a ella, pero la mujer retrocedió un paso.

—No, espera. No es lo que parece.

—¡Entonces dime qué es! —respondió ella, elevando la voz—. ¡Porque yo también tengo una cajita como esa en mi casa! ¡Y dentro tengo un anillo que tú me regalaste!

La joven que había llegado primero se quedó inmóvil. Miró la caja que todavía sostenía la otra mujer y después volvió a mirar a su novio.

—¿Tú también le regalaste un anillo? —preguntó.

Él se pasó una mano por la cabeza y miró hacia los lados, como si estuviera buscando una salida. Algunas personas que caminaban por la acera disminuyeron el paso. Un hombre que vendía botellas de agua se quedó observando desde su pequeño puesto.

—Miren, yo las quiero a las dos, pero ustedes tienen que entender que las cosas no son tan sencillas —dijo él.

La mujer que sostenía el anillo lo miró con incredulidad.

—¿Cómo que nos quieres a las dos? ¿Tú estás escuchando lo que estás diciendo?

La joven de la cajita bajó la mirada. Durante unos segundos pareció que iba a llorar, pero respiró profundamente y se secó una lágrima con la punta de los dedos.

—Ahora entiendo por qué nunca podías contestar mis llamadas cuando decías que estabas trabajando. También entiendo por qué los fines de semana siempre tenías una excusa para no verme.

El hombre intentó tomarle la mano.

—Mi vida, por favor, no hagas esto aquí.

Ella retiró la mano antes de que él pudiera tocarla.

—No me digas mi vida. Hace tres días me dijiste que yo era la única mujer con la que querías pasar el resto de tu vida.

La otra mujer se quedó mirando al hombre. Su rostro había cambiado por completo. Ya no parecía solamente sorprendida; ahora estaba tratando de recordar cada promesa, cada excusa y cada momento en el que había confiado en él.

—¿Cuánto tiempo llevas con ella? —preguntó.

El hombre no respondió.

—Te hice una pregunta —insistió ella—. ¿Cuánto tiempo llevas con ella?

—Casi un año —respondió la joven de la cajita, antes de que él pudiera hablar.

La otra mujer abrió los ojos.

—¿Un año?

La joven asintió lentamente.

—Sí. Un año. Y durante todo ese tiempo él me decía que estaba esperando el momento adecuado para hacer las cosas bien.

La otra mujer apretó el anillo entre sus dedos.

—A mí me dijo que llevaba meses soltero cuando me conoció.

El silencio entre las tres personas fue incómodo. El hombre miró a una y después a la otra, sin saber qué decir.

—Yo estaba pasando por un momento difícil —comenzó a explicar—. No quería hacerle daño a nadie.

La joven de la cajita lo miró directamente a los ojos.

—Pues felicidades. Lo conseguiste.

Él bajó la cabeza.

Por primera vez desde que había comenzado la discusión, no tenía una respuesta preparada.

La otra mujer dejó caer la cajita sobre la palma de su mano y observó el anillo durante unos segundos. Después se lo entregó al hombre.

—Toma. No lo quiero.

Él lo recibió por instinto.

—Pero tú me dijiste que este anillo significaba que querías pasar tu vida conmigo —dijo ella.

—Y así era —respondió él rápidamente.

—¿Y a ella le dijiste lo mismo?

El hombre volvió a quedarse callado.

La mujer soltó una risa amarga.

—Qué bonito. Dos mujeres esperando el mismo futuro con el mismo hombre.

La joven de la cajita se acercó un poco a ella. Su expresión ya no era de rivalidad. Era la expresión de alguien que acababa de descubrir que otra persona estaba sufriendo por la misma mentira.

—Yo no sabía que tú existías —dijo con voz suave.

La otra mujer la miró.

—Yo tampoco sabía que existías tú.

Durante un instante, las dos se quedaron en silencio. El hombre aprovechó para intentar recuperar el control de la situación.

—Escúchenme. Yo sé que cometí errores, pero podemos hablar tranquilamente. No tenemos que terminar así.

La otra mujer negó con la cabeza.

—¿Terminar qué? ¿La mentira? ¿Porque nuestra relación nunca fue lo que tú nos hiciste creer?

Él dio un paso hacia ella.

—Yo te amo.

La mujer lo miró fijamente.

—Entonces dime algo. Cuando estabas conmigo y le decías a ella que la amabas, ¿a cuál de las dos estabas mintiendo?

El hombre no pudo responder.

La joven de la cajita observó la escena y comprendió que ya no necesitaba escuchar ninguna explicación. Durante meses había imaginado que algún día él le pediría perdón, que le explicaría por qué había cambiado y que quizás podrían comenzar de nuevo. Pero en ese momento, al verlo frente a otra mujer con las mismas promesas en los labios, sintió que algo dentro de ella finalmente se había terminado.

Guardó las manos en los bolsillos de su chaqueta y dio un paso hacia atrás.

—¿Sabes qué es lo peor? —le dijo al hombre—. Que yo habría seguido esperándote. Habría seguido creyendo en ti. Incluso hoy vine pensando que todavía podía salvar lo nuestro.

Él levantó la cabeza.

—No te vayas. Por favor. Dame la oportunidad de explicarte.

Ella negó lentamente.

—Tuviste un año para explicarme la verdad. No voy a darte otro minuto para inventar una mentira.

Se dio la vuelta y comenzó a caminar por la acera.

El hombre la siguió durante dos pasos.

—¡Espera! ¡Por lo menos mírame!

Ella se detuvo, pero no se volvió inmediatamente.

—¿Para qué? ¿Para que me digas que soy la mujer de tu vida? Ya escuché esa historia.

Después continuó caminando.

La otra mujer permaneció frente a él, sosteniendo todavía la cajita vacía. Él volvió a acercarse.

—Por favor, no me dejes así. Lo que tengo contigo es diferente.

Ella levantó una mano para detenerlo.

—No termines esa frase.

Él cerró la boca.

—No quiero saber si me quisiste más, menos o igual que a ella. No quiero competir por un lugar que tú mismo me ofreciste. Si de verdad me hubieras respetado, yo nunca habría tenido que descubrir esto en medio de la calle.

Le devolvió la cajita.

—Quédate con tus promesas.

La mujer se alejó en dirección contraria a la primera joven.

El hombre quedó solo en medio de la acera. Miró la cajita, después el anillo que tenía en la mano y finalmente observó cómo las dos mujeres desaparecían entre la gente.

Intentó llamar a la primera.

No contestó.

Llamó a la segunda.

Ella rechazó la llamada.

Volvió a intentarlo, pero esta vez escuchó el tono sin que nadie respondiera.

Por primera vez, el hombre comprendió que podía perder a las dos personas que había intentado mantener a su lado.

Mientras tanto, a pocos metros de distancia, la joven de la cajita se detuvo frente a una pequeña cafetería. Se apoyó contra la pared, respiró profundamente y comenzó a llorar en silencio. No quería que los desconocidos la vieran, pero tampoco podía seguir fingiendo que no le dolía.

Unos segundos después, escuchó pasos detrás de ella.

Era la otra mujer.

La joven se secó rápidamente las lágrimas.

—¿Qué haces aquí? —preguntó.

La mujer respiró hondo antes de responder.

—Quería preguntarte algo.

La joven esperó.

—¿Tú todavía lo amas?

La pregunta la tomó por sorpresa. Miró hacia la calle, donde el hombre ya no estaba a la vista.

—Sí —respondió finalmente—. Pero eso no significa que quiera volver con él.

La otra mujer asintió lentamente.

—Creo que yo siento lo mismo.

Las dos permanecieron en silencio.

Después, la mujer extendió la mano.

—Soy Daniela.

La joven la miró durante un instante antes de estrecharla.

—Camila.

Ninguna sonrió. Todavía estaban heridas, confundidas y avergonzadas por lo que acababan de vivir. Sin embargo, por primera vez desde que comenzó todo, ninguna de las dos estaba sola frente a la mentira de aquel hombre.

Daniela miró hacia la esquina y dijo:

—Hay algo que todavía no entiendo.

Camila frunció ligeramente el ceño.

—¿Qué cosa?

Daniela sacó su teléfono y abrió una fotografía.

—Hace dos semanas, él me pidió dinero prestado para pagar una deuda. Me dijo que, si no lo ayudaba, podía perder su casa.

Camila se quedó inmóvil.

—¿Qué casa?

Daniela le mostró la pantalla.

Era una fotografía de un hombre frente a una vivienda. Camila reconoció inmediatamente la fachada. Era la casa donde él la había llevado meses atrás, asegurándole que algún día vivirían juntos.

Pero había algo más.

En la fotografía, junto a la puerta, aparecía una mujer mayor que Camila nunca había visto.

Daniela amplió la imagen y observó la fecha.

Después miró a Camila con el rostro pálido.

—Esta fotografía me la envió ayer.

Camila sintió un escalofrío.

—¿Y quién es esa mujer?

Daniela volvió a mirar la pantalla.

—No lo sé. Pero él me dijo que vivía solo.

En ese preciso instante, el teléfono de Camila vibró.

Era un mensaje del hombre.

Solo decía:

«Por favor, no le creas todo lo que te diga Daniela. Ella también me está ocultando algo».

Camila levantó lentamente la mirada.

Daniela seguía frente a ella, sin saber que el mensaje acababa de llegar.

Y entonces apareció una segunda notificación.

Esta vez, de un número desconocido.

«Camila, si quieres saber quién es realmente ese hombre, mañana a las ocho ven sola. Tengo pruebas de lo que les ha hecho a las dos».

Camila leyó el mensaje dos veces.

Miró a Daniela.

—Creo que esto es mucho más grande de lo que pensábamos.

Daniela guardó silencio.

La cámara del teléfono se acerca lentamente a la pantalla, donde el mensaje permanece visible. Se escucha el ruido de los vehículos y una motocicleta que pasa acelerando.

Camila comienza a escribir una respuesta, pero se detiene antes de enviarla.

Levanta la mirada hacia Daniela y pregunta en voz baja:

—¿Y si él no era el único que nos estaba mintiendo?

FIN DE LA PARTE 2. CONTINUARÁ…

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